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Víctor Escalante: «cuando entendí que existía algo llamado diseño gráfico, sentí que era mi lugar»

Es diseñador gráfico, ilustrador, pintor y periodista peruano. Inició su carrera en los años 60 como pupilo del diseñador suizo Markus Barandum, quien llegó al Perú contratado por la Química Suiza. De él aprendió los principios del diseño gráfico moderno, influenciados por la escuela Bauhaus, lo que marcó profundamente su estilo y proyección profesional. Durante las décadas de 1960, 70 y 80, Escalante fue reconocido como uno de los más destacados diseñadores gráficos del país, en tiempos previos al diseño computarizado. A lo largo de más de cincuenta años, ha trabajado en diseño editorial, afiches, pintura y collage, manteniendo siempre una fuerte presencia del dibujo como base de su obra. Su enfoque manual y artesanal ha sido clave para construir una estética propia, donde confluyen imágenes, tipografías y colores de manera armónica. En su pintura, además, resalta un lenguaje abstracto con guiños a los textiles prehispánicos. Actualmente Víctor Escalante sigue activo, siendo una figura clave del arte y diseño gráfico en el Perú.


Sus inicios: del dibujo aplicado al diseño gráfico

¿Cómo llegas al diseño gráfico? ¿Cuáles fueron tus primeros pasos?

Llegué casi por casualidad. En un inicio quería estudiar arquitectura en la UNI (Universidad Nacional de Ingeniería); me presenté, pero no ingresé. Después intenté hacer la Pre y tampoco funcionó. Hubo un tiempo en el que me quedé en el aire sin saber muy bien qué hacer. Desde niño dibujaba mucho. Dibujaba en papeles para envolver que me regalaban en la bodega, o en la pista con tiza; las herramientas como el lápiz o los plumones eran muy caras. Dibujar era algo muy natural para mí. 

Mi familia no veía al arte como una profesión posible. Mis padres eran provincianos y la idea era que yo pudiera estudiar algo “seguro”. Pero el dibujo siempre me jalaba. Gracias a mi padre entré a trabajar ayudando en un estudio donde se hacía publicidad; allí descubrí un mundo nuevo.

¿Se hablaba de diseño gráfico en ese momento?

No, no tanto ni específicamente. Se hablaba de dibujantes o artistas. La palabra “diseño gráfico” todavía no estaba instalada. Cuando empecé a trabajar en el estudio lo hice como asistente. Mi trabajo era contestar el teléfono, pero no era un trabajo de especialista o aprendiz en dibujo. Mientras tanto yo observaba todo. Aprendí mirando. 

Cuando entendí que todo eso que se hacía –que yo miraba–  tenía un nombre, que existía algo llamado diseño gráfico, sentí que era mi lugar.

Aprender mirando: revistas y prensa

¿Cuáles fueron tus principales referencias visuales?

Tuve la suerte de que mi padre trabajara en una empresa donde le regalaban revistas como Life, Time o Esquire. Me gustaba coleccionarlas. Me fascinaban los avisos publicitarios, su diagramación, cómo se organizaban las imágenes. Entonces, desarrollé un gusto más o menos preestablecido. Yo era muy observador. No copiaba, pero miraba mucho. 

Sabemos que también trabajaste en la prensa, ¿cómo te influyó esa experiencia?

Uf, muchísimo. Cuando estuve en Última Hora inicié dibujando y terminé haciendo caricaturas políticas. Así entendí que la imagen no era solo habilidad manual. Tenía que leer, entender la coyuntura, la línea editorial y a raíz de ello sintetizar una idea. 

Yo miraba cómo trabajaba el resto, cómo hacían los dibujos y la prensa era un mundo que me gustaba, porque yo escribía.

Recuerdo una experiencia donde me pidieron hacer un dibujo de un congreso de brujas. Lo terminé en 2 horas y lo más emocionante fue verlo impreso al día siguiente. Yo dibujaba desde el colegio. En esa época había un concurso semanal donde enviabas un dibujo a un artista y te regalaban dos entradas al cine. Yo lo ganaba siempre y llegaba al colegio preguntando, ¿quién quiere ir al cine? 

Encuentro con el arte moderno

¿Cómo se da tu acercamiento con el arte moderno peruano? 

Desde pequeño siempre visitaba el Museo de Arqueología desde que era joven. Me impresionaba mucho el arte prehispánico. Más adelante, cuando ya empecé a trabajar como diseñador conocí a Szyszlo y su obra me impactó. 

Antes de conocerlo de manera personal, ya era admirador de su trabajo. Lo entrevisté para una revista que editaba. Me impresionó cómo pensaba el arte. Szyszlo había logrado vincular la abstracción moderna con lo precolombino sin llegar a caer en lo folklórico. Ahí logré abrir un camino. 

¿Llegaste a estudiar arte formalmente en algún momento? 

Tomé un curso de grabado en la Católica con el profesor Agapito. Él fue un famoso grabador que se volvió amigo mío. Tenía un estilo más o menos precolombino. Todo lo que hacía me gustó y eso fue para mí el detonante para comenzar a investigar y crear nuevas formas.

Antes de tomar el curso yo era completamente autodidacta. Todo lo había aprendido trabajando. El grabado me dio disciplina, método.

Nunca dejé de ser diseñador. Siempre trabajé con bocetos, con estructura y composición. Incluso cuando pintaba lo hacía como diseñador; primero pensaba en cómo componer.

Continuar antes que copiar

El Museo de Arqueología te fascinaba, ¿cómo lo vinculas con tu  atracción al arte precolombino?

Las formas eran lo que me impresionaba, su síntesis, el uso del plano. Encontré una fuerza. Pero yo tenía muy claro algo: no quería copiar. Nunca quise reproducir iconografías literalmente. 

En el Perú se copia muy fácil; era tomar el camino fácil. Entonces, lo que yo hacía era captar la atmósfera, la esencia para cada dibujo. 

¿Cómo llevabas todos estos conocimientos a tu obra?

En los planos, en la geometría, en la composición. Por ejemplo, cuando hice mi trabajo de las series de los incas, no me interesaba la idea de representar un inca “realista”. Todas mis ilustraciones eran en base a algo mío. Eran muy poco figurativos. 

Fue Alfonso Castrillón quien me invitó a la exposición donde presenté mis 14 incas. Él fue a mi taller y yo ya había comenzado a pintar estos cuadros. Miró todos mis bocetos, porque yo pinto con bocetos, como en la escuela del buen diseñador, así también puedo ir descartando. Lo mío es básicamente geométrico; entonces priorizo los colores y las formas. 

Castrillón me preguntó cuántos dibujos tenía y le mostré 4 más. Él me sacó a pintar. Pero por pintar no dejé el estilo del grabado, ni el de los afiches. Durante la exposición, Alfonso decía que a los incas todos los han inventado. Desde la época del virreinato, cada pintor ha inventado a su inca. Se han hecho incas por todos lados y yo tengo los míos, con una carga abstracta. 

Cuando pinté a Atahualpa, leí una descripción hecha por Pedro Pizarro donde hablaba de un manto impresionante. Eso me llevó a pensar que el manto era casi el cuerpo del inca. Trabajé esa idea: el manto como el centro de la estructura visual. No se le reconoce íconos, ni tampoco tiene símbolos copiados. Lo que me interesa es que la gente diga: “esto es peruano”. 

Es como si los españoles no hubiesen llegado. Como si el arte precolombino se hubiese alimentado con nuevas formas y yo soy uno de los que las alimenta. Yo soy uno de los que no me he creído conquistado, ni ha seguido el camino que ellos han trazado. Yo sigo creando, ¿por qué? Porque el arte no para, el arte es dinámico, cambiante y revolucionario. 

Europa y los diseñadores suizos

¿Cómo viviste la influencia del diseño suizo en Perú?

Fue una llegada importante; técnicamente, fundamental. Llegaron con rigor, composición, orden. El diseño suizo tiene una estructura muy clara y quienes vinieron tenían una influencia de la Bauhaus, geometrizada.

Barandum se interesa en venir al Perú porque él vivía en Basilea y allá hay un museo donde están las mejores telas Paracas. Vienen Stöckli, Bosard, Bovey. Stöckli también es admirador de la cultura peruana. Hacía caricaturas. Todos ellos vienen por admiración al Perú. Barandum viene pensando que los pintores peruanos podían hacer pintura peruana, pero se sorprendió porque aquí estábamos en el pop, en el abstracto puro y se sorprendió mucho. 

Yo siento que una cosa es aprender técnica y otra es identidad. En mi trabajo tomé lo que servía, pero no quería que solo fuera una copia del modelo europeo. 

¿Sentiste que se desarrolló una tensión entre lo internacional y lo local?

Claro que sí. A muchas obras con referencias precolombinas en el extranjero se les llama “arte folklórico”. Siento que es una mirada superficial. Lo folklórico es diferente. Lo que yo hago no es artesanía ni decoración; es abstracción con raíces culturales. Hay una diferencia.

El afiche como legado

¿Por qué quieres convertir tus dibujos en afiches?

Porque el afiche circula. Una ilustración, a pesar de que la pongas bonita en un cuadro, se pierde. El afiche tiene la perspectiva de que se puede comercializar, o regalarse para que la gente pueda colgarlo, porque es barato. 

Me interesa que la imagen circule. El diseño tiene esa posibilidad de democratizar.

¿Cómo te gustaría que la gente entienda tu trabajo dentro de la historia del diseño peruano? 

Como parte de una generación que empezó sin escuelas, aprendiendo en la práctica. Como alguien que demuestra que lo precolombino no es parte de un pasado que ya no existe, sino de una posibilidad contemporánea. No solo es repetir símbolos. Es entender una lógica visual y hacerla evolucionar.


Víctor revela una práctica que se ubica en el cruce de una modernización técnica y la persistencia de un legado cultural. Que se haya formado de manera autodidacta evidencia el carácter no institucional del diseño gráfico en el Perú durante sus inicios. Su aproximación a lo precolombino propone una continuidad conceptual antes que un legado formal. Su trabajo representa una abstracción que funciona como puente entre lo tradicional y lo contemporáneo. El diseño, para él, existe como posibilidad de circulación y permanencia.